Historia y desventuras del desconocido soldado Schlump - Hans Herbert Grimm



"Fusiles, máscaras de gas, todo revuelto, empapado en sangre, sangre por todas partes, sangre y más sangre."




Grimm, Hans Herbert. Historia y desventuras del desconocido soldado Schlump. 
Madrid: Impedimenta, 2014

Schlump. Traducció de Belén Santana.
Col·lecció Avatares, 62   i



è Què en diu la contraportada...
En 1928, la prestigiosa editorial Kurt Wolff publicó una excelente novela antibelicista. Paródica, antinacionalista, antiheroica, filantrópica, pacifista, pro-francesa, cargada de un humor negro, la obra tenía un irresistible sabor picaresco. Su autor firmaba bajo el seudónimo de «Schlump», pero nunca llegó a revelar el verdadero nombre que se ocultaba tras ese seudónimo. Pocos años después, los nazis quemaron el libro, pero Grimm se las arregló para esconder un ejemplar en el interior de una pared. Ocho décadas después, la novela, considerada uno de los mejores libros jamás escritos sobre la primera guerra mundial, se vuelve a publicar sin haber perdido un ápice de su vigencia. Una novela que nada tiene que envidiar, por su espíritu trangresor y su potencia narrativa, a Sin novedad en el frente, de Remarque o a La dísputa por el sargento Grischa, de Arnold Zweig

è Com comença...
Schlump acababa de cumplir dieciséis años cuando en 1914 estalló la guerra. Por la noche habría baile en el Reichsadler, sería el último; al día siguiente debían presentarse los soldados.

è Moments...
(Pàg. 26)
La juventud es derrochadora, vive en el paraíso y no se da cuenta de cuando se cruza con la verdadera felicidad.

(Pàg. 102) 
El sargento estaba en mitad de la plaza apoyado en un poste que en tiempos de paz servía para atara los cerdos o a los terneros, observando pensativo la larga fila de reclutas que marchaban al frente. No serían los primeros ni tampoco los últimos. ¿A cuántos habría visto marchar ya y cuántos seguirían vivos? Tal vez se preguntara extrañado de dónde vendría tanta sangre joven, pues no se acababa nunca y marchaban al frente tan contentos. Tal vez se preguntara por qué se libraba precisamente él.

(Pàg. 129) 
Resultaba excitante y embrutecedor a la vez. No se veía al enemigo, uno tenía que dejarse disparar sin opción a defenderse.

(Pàg. 145)
¿Has visto alguna vez a un oficial comiendo de la misma cazuela que tú? No, jamás, del mismo modo que uno nunca compartiría el comedero con un perro. Eso era lo que sucedía realmente, así aquel fulano el convoy de suministros tenía razón: quien se tiene a sí mismo en cierta estima no acaba en la trinchera. El enfado de Schlump fue en aumento, de repente lo vio todo con otros ojos. Se indignó y, por vez primera en su vida, se sintió desgraciado. Fue como si despertara de un profundo sueño; por vez primera en su vida pensó en sí mismo y en el mundo que lo rodeaba. Por un instante perdió su dorada inocencia de niño, pero no duró mucho.
¿Y si esos que tanto te desprecian tienen razón? Esto tal vez sea solo para los tontos, los cabezas de chorlito, pero todo el que tenga lo que hay que tener logrará superarlo. ¿No es siempre así en la vida? Quien sienta en su interior algo de arrojo conseguirá destacar entre la masa, donde uno no es nadie y tampoco tiene nombre.

(Pàg. 160) 
Iban saltando de un cráter a otro. Siguieron avanzando y se mantuvieron a la izquierda. Allí había varios muertos, ingleses y alemanes, todos revueltos. Había un punto en el que todos se habían amontonado, como queriendo darse calor en el momento de su muerte. Estaban todos bocabajo, con la cabeza vuelta hacia un lado, mostrando sus rostros verdosos y, entre los labios negros, asomaba el brillo suave de su dentadura. Fusiles, máscaras de gas, todo revuelto, empapado en sangre, sangre por todas partes, sangre y más sangre.

(Pàg. 220) 
- (...) En la vida solo hay una cosa que debes tener en cuenta: el dinero. Más vale venir al mundo con un buen monedero que con un buen cerebro. Pero el que nace pobre y muere rico tiene una muerte honrosa, pues recibirá loas y elogios, y los pobres susurrarán su nombre con profundo respeto. Y ahora presta atención, te diré el secreto: debes saber que todos los hombres son unos miserables. Lamen la mano que les da de comer. Dar es mejor que recibir. Por eso, procura dar de vez en cuando. No temas a nadie. Todos ellos son peores que tú, a menos que sean pobres. Desconfía de cualquiera, obsérvalo detenidamente, pero que no se note que lo conoces. Actúa siempre como si no tuvieras sentimientos, pues lo único que no tiene solución es la muerte. También el bien y el mal son una cuestión de sentimientos. Resérvatelos para el final de la jornada. Solo a los pobres les remuerde la conciencia, y por eso acaban traicionados y vendidos.
Adula a los hombres con franqueza y humildad cuando los necesites, pero no olvides que estás mintiendo... Y si un hombre se interpone en tu camino, dirígete a su mujer. Dedícale un piropo claro y directo, pero hazlo mirándola a los ojos. No olvides una cosa: toda mujer, incluso la más fea, tiene un lado hermoso. Ese es el que debes encontrar. Eso es lo que tienes que decirle. Entonces ella sabrá que no mientes, y te estará eternamente agradecida. Despejará tu camino de cualquier obstáculo, y tú te harás rico.
Y cuando tengas dinero, no olvides ser piadoso y dar a los pobres.

(Pàg. 261)
- (...) Además -dijo-, esta guerra es una matanza terrible y cruel, y una humanidad que permite que esto suceda o que lo contemple durante años merece todo el desprecio. ¡Y el que ha creado a los hombres, ese sí que puede avergonzarse en lo más íntimo, porque su creación es una auténtica deshonra!
Schlump iba a proseguir cuando el moreno se levantó y, revolviendo los ojos, dijo con voz atronadora:
- Un momento, eso que dices son blasfemias. ¡No tolero que se pronuncien en mi presencia!
- A ver, camarada, mira quién fue a enfadarse -repuso Schlump, conciliador-, no estaba hablando de ti.
El larguirucho se había vuelto a sentar y prosiguió, más calmado:
- Ya sé que no soy el Creador, pero no puedo permitir que blasfemes sobre las cosas que no entiendes.
Entonces soltó un largo discurso filosófico, del que Schlump solo entendió la mitad.
- ¿Lo ves? -concluyó-. Hay que diferenciar entre las distintas perspectivas. Desde una perspectiva reduccionista, la guerra no trae más que preocupación, sufrimiento y un terrible calvario, además de destrucción, vileza y depravación; pero desde una perspectiva más amplia la conclusión es otra. Piensa cuántos hombres han muerto ya con el paso de los milenios. ¿Qué suponen entonces unos cuantos millones más, que ni siquiera son un puñado en el infinito océano de la eternidad? ¿Acaso crees que todo depende de un solo hombre? El individuo no es nada, no tiene valor pos sí mismo, es parte de un todo infinitamente mayor, de un pueblo. Un individuo no tiene alma, pero el pueblo sí la tiene. Y el valor de cada uno depende de la media en que sirva a su pueblo (...).

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